lunes, mayo 23, 2022

Hay mucho en juego por el alza de la inflación

FRÁNCFORT – Muchos países experimentan sus mayores tasas de inflación en décadas: el 6,2 % en Estados Unidos, el 4,2 % en el Reino Unido, el 5,2 % en Alemania y más del 4 % en la zona del euro. Hay quienes insisten en que se trata de un fenómeno temporal y otros temen que tengamos que prepararnos para un período prolongado de significativos aumentos de precios, impulsados por las políticas monetarias expansionistas y la creciente deuda pública.

De todas formas, ambos bandos coinciden en que al menos algunos de los factores que subyacen al reciente aumento inflacionario pronto se atenuarán o desaparecerán. En 2020 los precios apenas subieron —y llegaron a caer en algunos casos—, fijando una línea de comparación baja para el aumento interanual de 2021. También se cree en general que el aumento de los precios del aceite para calefacción, la gasolina, el petróleo, y el combustible diésel es temporal. Para 2022 se puede esperar entonces una caída significativa de la inflación general en la mayoría de los países.

Lo que importa es que los ciudadanos y los mercados financieros no pierdan confianza en la determinación de los bancos centrales para estabilizar la inflación | Foto: Pixabay
Lo que importa es que los ciudadanos y los mercados financieros no pierdan confianza en la determinación de los bancos centrales para estabilizar la inflación | Foto: Pixabay

En el largo plazo, sin embargo, tendremos que adaptarnos al aumento de los precios de los combustibles fósiles para combatir el cambio climático. De manera similar, aunque no se espera que la suba generalizada de los precios de los materiales para la construcción, los chips para computadoras y las materias primas continúe indefinidamente, tampoco es probable que el alivio sea duradero.

Después de todo, el problema es mundial. Cuando China ingresó de lleno a los mercados en la década de 1990, la inundación de productos baratos que produjo no solo presionó a los precios a la baja, también lo hizo sobre los salarios. Los sindicatos, preocupados por la pérdida de puestos de trabajo, eran reticentes a exigir mayores salarios; pero ahora esas presiones son menores.

Sería un error pensar que la globalización llegó a su fin, pero la realidad es que la velocidad de la integración económica internacional se redujo por la crisis de la COVID-19, el proteccionismo del gobierno de Trump y la caída de la oferta de mano de obra china (debido al envejecimiento de su población). Es más probable entonces que la economía mundial imponga una presión inflacionaria más sostenida que en el pasado.

El argumento de que la inflación actual solo es temporaria supone que el desempleo mundial seguirá siendo importante y que los sindicatos son débiles. En ese caso no habría motivos para prever que los salarios aumentaran significativamente, lo que llevaría a un alza sostenida de los precios.

Pero la situación bien puede ser otra debido a que la economía mundial está en un punto de inflexión: la situación general puede estar pasando de ser deflacionaria a más inflacionaria. A escala nacional la escasez de mano de obra en muchos sectores está empujando los salarios al alza. La falta de conductores de camiones en el Reino Unido, por ejemplo, se refleja en los considerables aumentos de los salarios que les ofrecen. Por supuesto, la crisis económica causada por la pandemia no es comparable a una crisis normal, por lo que está por verse el tiempo que llevará hasta que esos aumentos salariales sectoriales se propaguen por la economía.

En todo caso, es la política monetaria la que determina el curso de la inflación. En el corto plazo los bancos centrales no pueden hacer nada para evitar un aumento de los precios causado por factores como los crecientes costos de la energía (y tampoco debieran intentarlo). Lo que importa es que los ciudadanos y los mercados financieros no pierdan confianza en la determinación de los bancos centrales para estabilizar la inflación (habitualmente alrededor del 2 %) en el mediano plazo. Hasta el momento, la inundación de los mercados financieros con liquidez —principalmente a través de compras masivas de bonos— tuvo un papel fundamental para impulsar al alza los precios de los activos. El peligro ahora es que esa inflación de precios, combinada con una gran expansión de la oferta monetaria, se traslade a los precios de los consumidores, a los que también afecta el brusco aumento de la deuda pública.

La Reserva Federal de EE. UU. y el Banco Central Europeo (BCE) suponen sistemáticamente que las expectativas inflacionarias actuales están firmemente ancladas en el nivel objetivo del 2 %, y la mayoría de las expectativas inflacionarias publicadas para EE. UU. y la zona del euro parecen confirmar esta idea; pero las propias compras masivas de bonos por los bancos centrales están distorsionando las expectativas del mercado.

Los inversores expectativas inflacionarias más elevadas tienden a vender sus bonos a los bancos centrales a precios que consideran altos. Por ello, estos pesimistas en términos inflacionarios están ausentes de los mercados financieros y eso lleva a que el termómetro de las expectativas inflacionarias marque una temperatura inferior a la real. De hecho, los comentarios de ciudadanos, consumidores y empleados en muchos países sugieren cada vez más dudas sobre la estabilidad de las expectativas inflacionarias al nivel que afirman o desean los bancos centrales.

Como la inflación estuvo ausente durante muchos años, no sorprende que las expectativas estén orientadas hacia el pasado, cuando primaba la idea de que la estabilidad de precios continuaría. La credibilidad de los bancos centrales tuvo un papel decisivo para brindar una malla de protección a esa idea, pero siempre se puede poner la credibilidad en tela de juicio. Después de la caída prevista para principios de 2022, ¿qué pasaría si las tasas de inflación volvieran a aumentar y luego se mantuvieran por encima del nivel del 2 % durante un período prolongado? Las expectativas inflacionarias podrían desanclarse y aumentar repentinamente.

No debemos subestimar este riesgo, especialmente ahora que la cuestión de la inflación ganó visibilidad en casi todas partes, lo que indica un claro cambio en las actitudes de los ciudadanos. Parafraseando al exvicepresidente de la Fed Alan Blinder, hay inflación cuando la gente empieza a hablar de inflación.

En este contexto también es importante examinar los cambios en la estrategia de política monetaria que llevaron a cabo la Fed y el BCE. Con su giro hacia «metas de inflación promedio», la Fed busca que la inflación esté por encima del 2 % para compensar las situaciones en que no cumplió ese objetivo en el pasado. Sin embargo, en el nuevo entorno de creciente presión inflacionaria, la credibilidad de la Fed podría enfrentar una intensa prueba.

De igual manera, el BCE dio señales con su nueva estrategia de que tendrá una actitud más relajada que antes en cuanto a los niveles de inflación por encima del 2 %. Una vez más, la credibilidad lograda tras muchos años de hacer todo lo necesario para mantener el valor de la moneda común podría enfrentar ahora un desafío.

El mundo transita cambios profundos. Los bancos centrales enfrentan una gran incertidumbre y en esta situación sus modelos tradicionales tal vez dejen de ser confiables, pero ese es un motivo aún mayor para garantizar que no haya dudas sobre su decisión de defender la estabilidad de la moneda. Continuar con las grandes compras de bonos y mantener fijas las políticas durante períodos más prolongados a través de la orientación prospectiva se tornó menos adecuado que nunca.

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OTMAR ISSING
OTMAR ISSING
Otmar Issing, ex economista jefe y miembro de la junta del Banco Central Europeo, es presidente del Centro de Estudios Financieros de la Universidad Goethe de Frankfurt.

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