lunes, octubre 25, 2021

Lana Del Rey vs el falso feminismo de la industria musical

Esta mañana despertamos con el nombre de Lana Del Rey encabezando las tendencias de redes sociales. De la cantante se han dicho muchas cosas desde su primer lanzamiento en 2010. Su música. Sus presentaciones. Sus relaciones. Su imagen. Su cuerpo. Todas en una balanza que se tambalea entre la admiración y el rechazo.

Pero su último disco titulado Norman Fucking Rockwell! (2019) le trajo dos nominaciones al Grammy: mejor canción y mejor álbum. Hace un año la balanza se inclinó hacia los aplausos de sus fans, sus críticos y la industria de la música en general.

Incluso, la noche de los Grammy cuando el premio se lo llevó la recién llegada a la carrera Billie Eilish, las redes sociales se incendiaron.

Esta mañana se volvieron a incendiar. Lana Del Rey publicó una carta recogiendo diez años de críticas. Y quienes alimentamos el incendio también sabemos que hay mucho por decir: un nuevo disco para este 5 de septiembre, libros de poesía, Beyoncé, Ariana Grande, el nuevo estilo del pop, la libertad sexual, las relaciones abusivas, y hasta el feminismo.

«Pregunta para la cultura: ahora que Doja Cat, Ariana (Grande), Camila (Cabello), Cardi B, Khelani, Nicki Minaj y Beyoncé han tenido números éxitos en primer lugar con canciones sobre ser sexy, no usar ropa, tener sexo y engañar, etc. ¿Puedo volver a cantar sobre sentirme bien al estar encarnada, sentirme hermosa por estar enamorada, incluso si la relación no es perfecta, bailar por dinero -o lo que sea que quiera- sin ser crucificada o decir que estoy glamorizando el abuso?».

Sin ofender a sus compañeras, el resto de la carta recoge las críticas que recaen en sus discos Born to Die (2012) y Ultraviolence (2014). Aquellos con letras dedicadas a las relaciones violentas, el sexo, las drogas. Y el problema para Lana del Rey es que una década después es aplaudido y no criticado como lo fue en aquellos años.

«Estoy harta de escritores y cantantes que dicen que me encantan los abusos cuando en realidad sólo soy una persona glamorosa que canta sobre las realidades que todos estamos viviendo», escribió.

Recuerdo que la primera vez que escuché a Lana aún estaba en secundaria. Era una adolescente que apenas entendía unas cuantas frases en inglés y estaba más interesada en sentir que reflexionar.

Me dejé llevar por sus canciones acompañadas de esa estética vintage que tanto nos gustaba a mis amigas y a mí. Así que no me molesté en pensar realmente lo que significaba para todas el cantar con tanta normalidad: «Él me golpeó y lo sentí como un beso».

La carga al reconocer que me gustaba Lana Del Rey llegó hasta mi primer semestre de la universidad. A la mayoría de nosotras, la mujeres universitarias de la segunda década del 2000, estos fueron los años en que nos hicimos feministas.

Pero el feminismo nos alcanzó a todas y todos. Para bien, para mal, para enojarnos, para cuestionarnos, para respondernos.

Hace diez años se decían muchas cosas de Lana Del Rey: una estrella más del momento (la Nancy Sinatra gángster, como ella misma se llamó); presentaciones que le daban críticas como «una niña de 12 años fingiendo»; cuestionamientos sobre la forma de su cuerpo (si sus labios estaban operados). Y entre todos esos dichos, unas cuantas voces alegaban por sus letras que romantizaban la violencia doméstica.

A la industria de la música no parecía importarle, hasta que también la alcanzó los rumores de las mujeres contra la violencia machista. No sólo presente en los hogares y en las calles. También en las películas, las canciones, los libros, los discursos políticos.

Fue allí cuando los nombres aparecieron en los matices de la esfera mainstream: Katy Perry, Taylor Swift, Rihanna, Lady Gaga, Rosalía, Dua Lipa… dígase cualquier mujer empoderada que con sus movimientos de caderas y una actitud firme llegó a decirnos que se podía ser libre.

Ante una lucha de años, de la noche a la mañana, el mundo se pronunció feminista. Incluida toda la industria que se cosecha en ese imperio llamado Estados Unidos.

La cantante Beyoncé durante una presentación en los MTV Music Awards

Las luchas por los derechos humanos han sido convertidas en una apuesta más del capital. «Puro purplewashing», me dijo una colega mientras hablábamos sobre los mensajes que recibimos todos los días.

El purplewashing es un término que podría traducirse como «lavado púrpura». Comenzó a utilizarse en el contexto de la lucha feminista para referirse a todas las estrategias políticas y de marketing que utilizan las instituciones, los gobiernos y las empresas para verse como simpatizantes, modernos y progresistas.

«Desde mediados de los 70, el feminismo se fue institucionalizando, se hizo un feminismo de Estado, de la ONU […] Ese feminismo es pro-capitalista neoliberal. Impone una agenda domesticada, usando nuestro propio lenguaje para fundamentar la incorporación de las mujeres a la economía, siendo las más precarizadas bajo el mito de la emancipación», dijo la escritora y activista Silvia Federeci durante una conferencia en 2018.

En su carta, Lana menciona un «I’m not not a feminist» (no soy una no feminista, lo que varias personas interpretaron en un sencillo: no soy feminista). Pero entre dudas y quejas, pide un lugar para todas las que siguen en relaciones con hombres que les dicen «sí» cuando ellas pronuncian «no».

El problema no es Beyoncé, Ariana Grande, Nicki Minaj… sino aquella imagen que la industria ahora busca vender como ícono feminista. Esto es lo que también debemos hablar de la carta de Lana Del Rey.

Las mujeres que antes no podían hablar de la libertad sexual lo están haciendo con menor crítica que hace diez, veinte, cincuenta, cien años. La misma cantante lo vivió. La visibilidad y la toma de espacios por todas es cada vez más latente. Pero el feminismo no es un proyecto de emancipación individual.

Desde la realidad de miles de mujeres en distintos contextos del mundo, sabemos que no todo se arregla con un movimiento de caderas, un protagónico en los medios de comunicación o una canción sobre tener sexo. Mucho menos sobre la violencia física y psicológica. Y que su conjunto tampoco puede llamarse feminismo.

Por la tarde, hablando con una amiga sobre el tema me dijo en un «el feminismo es para que todas hagamos lo que queremos» lo que necesitaba saber: Las feministas podemos hacerlo todo, pero no significa que todo será feminista.

 

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